ENSAYO GENERAL SOBRE LA RELEVANCIA HISTÓRICA DE ESPAÑA Y LA RELACIÓN ENTRE LOS IBÉRICOS PENINSULARES Y LOS IBEROAMERICANOS.

12.03.2020

TRAJANO, BUENOS AIRES.


OBJETIVOS GENERALES:

I. Mostrar la relevancia histórica de España

II. Identificar la relación entre el hispanoamericano y el español peninsular

OBJETIVOS ESPECÍFICOS:

I. Qué es España

II. Qué valor tiene ser España

III. Era la religión garante de unidad y prosperidad o era un mazo que oprimía a la sociedad

IV. Por qué habría la necesidad de separarse de España

V. En qué momento comienzan a actuar contra la unidad de España


I. PRIMERA PARTE

I.I. Resulta complejo determinar la manera más razonable con la que abordar todo un conjunto de hechos y pensamientos que constituyen el ethos de la civilización hispánica. El propósito de este ensayo es mostrar la relevancia histórica de España, así como la relación natural presente entre todo individuo nacido en los Estados que controlan el espacio político-territorial de lo que hasta el siglo XIX serían territorios de la Monarquía Hispánica y el español peninsular.

I.II. Representa un desafío, siempre, cuestionar aquel conjunto de símbolos, ideas y pensamientos, y todos los eventos que supuestamente originaron o dieron forma a la comunidad a la que perteneces. Conocimientos que te han enseñado con mucho ahínco, como si fueran parte de un libro sagrado. En ningún caso es agradable descubrir que, lo que nos han mostrado, no es verdadero, tampoco moralmente correcto ni legítimo, y mucho menos benéfico, solo falso e innecesario.

I.III. En la actualidad es común encontrar quienes creen, con una certeza feroz, que las sociedades hispanoamericanas tienen unos miles de años. Que tienen bien ganada la denominación de antiguas, pero claro está, es una cuenta y una calificación que va dirigida tan solo a uno de los pueblos autóctonos del contienen americano, obviando la muy evidente antigüedad del hispanoamericano por su estrecha relación con la historia de España. Para estos individuos fue tan solo hace doscientos años que, según la malintencionada información que recibieron, con la ayuda de los afrancesados masones, españoles todos por cierto y emisarios de Inglaterra, denominados hoy <<padres de la patria>>, pudieron entonces salir del inexistente yugo del gran imperio español para instaurar las miserables repúblicas que hasta hoy descomponen el orden social y estancan a las comunidades y su posibilidad de desarrollo. Es decir, el individuo contemporáneo sabe de la existencia de más de mil años atrás de <<los pueblos originarios>> que luego de una supuesta tiranía, hace doscientos años, instauran la república contemporánea, fiel sistema supuestamente representativo y justo, que expresa la voluntad de todas las comunidades nativas. Y lo dicen personas de tez blanca, o mestizos, morenos, en general, y hasta aborígenes, y lo proclaman todo en castellano. Creen, porque no puede ser otra cosa, como si se tratara de religión, creen que el mestizaje era mal visto en aquellos tiempos del imperio español, que el mestizaje y la libertad la otorgo Bolívar o cualquier otro degenerado colega suyo. Es que basta hacer un recorrido en la historia, tan solo rebuscar, para darse cuenta que el mayor rasgo que caracterizaba a Hispania, o al imperio español, era que no había una raza única, y que no era una unidad política constituida de un instante a otro, cuya composición y sistema político haya sido el de una ciudad o reino en algún lugar lejano con territorios o colonias fuera de los límites de su geografía. Es que España era más de lo que Roma fue. Aún en los años de las trágicas guerras separatistas, España era un imperio, pero no con la acepción que en esta época se le da, era la unión de reinos, no un reino, cuyos súbditos o ciudadanos, eran de diferentes culturas, de diferente parecer, pero españoles sí que eran, a pesar del color, de la región y del idioma. Tiene la idea el hombre mal llamado latinoamericano, porque así lo llaman y gusta de hacerse llamar este individuo, que aquel imperio era un gobierno de blancos y que sólo estaba en su continente para robar riquezas y generar pobreza. El hispanoamericano dice todo esto mientras anda por ciudades hechas por ese malvado hombre blanco, mientras predica la fe de ese terrible hombre blanco, mientras usa el idioma de ese tiránico hombre blanco, mientras va a universidades, tiene el derecho, las edificaciones, y prepara los mismos platos del malvado hombre blanco. Aun cuando ese supuesto tirano ya no era tan blanco, no después de haberse mezclado con el nativo americano, o indio. No saben lo que dicen, realmente no alcanzan a observar que aquel hombre blanco, si era blanco, tan solo era una casualidad, porque no era de raza pura. Los fenicios, los griegos, luego Cartago, los romanos, los visigodos, los musulmanes, y por último los nativos de las indias occidentales, por todo eso había pasado España. El español era tal, no por el color de su tez, su contextura, su idioma y cultura, sino porque era libre, porque entendía el valor de defender a la familia, su fe, su tradición, su patria, el imperio garantizaba la defensa y la prosperidad de cada uno de los reinos que lo conformaban, así como la longevidad y trascendencia de la unidad que representaba, de la cristiandad, de todos sus intereses.

I.IV. Se tiene esta percepción, naturalmente, por la intensa propaganda oficial del nacionalismo republicano que lleva como objetivo dotar a un conjunto de comunidades de un lazo que las mantenga atadas por la fuerza, y un suelo que consideren como suyo, supuestamente liberado de la opresión extranjera. Se les ha inculcado que la comunidad, o nación, tiene aproximadamente doscientos años, puesto que hace dos siglos se habrían llevado a cabo las ya muy aceptadas declaraciones de independencia, dando origen a guerras civiles, fratricidas. Y como consecuencia, se habla de liberaciones, del término de una opresión hacia un pueblo que habitó américa, anterior a la llegada de los ibéricos que, según dicen, gozaba de libertades y derechos, hasta se atreven a decir que tenía una consciencia social incluso más avanzada que cualquier otro pueblo del mundo.

I.V. No se debe menospreciar, u olvidar, las raíces que nutrieron y sirvieron para dar forma a lo que hoy somos. Lo curioso es que, aún cuando militantes atrincherados en defensa de ideologías deconstructoras de su propia civilización expresan con pasión que no se deben olvidar las raíces, es precisamente lo que hacen y lo que promueven. En esta época ejecutan como política de Estado y como ejemplo de pseudomoralidad: la apología al olvido de nuestros orígenes, al rechazo de nuestras tradiciones, al cambio obligatorio de principios cristianos irrenunciables que caracterizan el estilo de vida de la comunidad hispana, y la adopción de posturas y medidas contrarias y destructivas en todo aspecto, el desacuerdo con la identidad y el continuo empeño en asimilar o copiar a otra cultura; esto es lo que consume la sociedad, lo que la dirige, a lo que es obligada y acepta con mucho agrado, ignorante y desinteresada de sí misma, cortoplacista y espontánea, sin planificación para el futuro, sin trascendencia en sus objetivos.

I.VI. En pleno siglo XXI, para un individuo hispanoamericano la ropa elaborada en la India, el celular o computadora, o cualquier artefacto eléctrico hecho en China, la comida proveniente de Europa, el avance tecnológico de Japón, la política y hasta la moneda de Estados Unidos de América, es decir, todo esto de otro país, significa más que aquello proveniente de la comunidad a la que pertenece. Este sujeto no promueve la investigación, el desarrollo, la producción, la distribución en su comunidad, de hecho, hay un orgullo en tener aquello que es producido por el extranjero, de culturas incluso que compiten por el monopolio global, mientras disfruta ser la pieza del tablero, y tanto lo disfruta que hasta defiende su miserable posición en el mundo, porque para él eso significa ser importante y culto: está seguro que la configuración actual, que el establecimiento político de este siglo es el adecuado.

I.VII. Perder la identidad nos ha costado, a cualquier población le costaría, y las consecuencias son nada menos que su dependencia al enemigo o al socio que se lucra desproporcionadamente, que explota los recursos y se aprovecha de su precaria situación, que impone su estrategia militar. Algunos creerán que esta posición podría generar una reacción en la población. ¿Pero qué clase de reacción podría darse en una sociedad sin propósito y que rechaza conocer sobre sus ancestros? está claro que esta reacción se cristalizaría en movimientos degenerados de origen, cuyos objetivos no serían otros que el cambio del miserable establecimiento político gobernante por uno igual de miserable que pueda proteger y promover sus intereses, un cambio de mando, pero sin dejar a un lado las políticas contrarias al desarrollo natural de las comunidades. En cuanto a relaciones internacionales, o las dejaría tal cual las consigue, o se van con los enemigos de sus socios actuales. Pero nunca, entiéndase bien, nunca permitiría que su país saliera de la posición en la que se encuentra, le otorgue o no mayor estabilidad económica.

I.VIII. Volvamos al primer punto. Y regresemos en el tiempo, hagamos un breve recuento, porque solo hace falta un poco de esfuerzo para entender esto. En un territorio que podemos encontrar en una península europea, al norte de África, se ha gestado una de las más grandes civilizaciones, si no la más grande de todas. Entiendo que podría parecerle exagerado, pues muchas civilizaciones incluso más antiguas y longevas hicieron sus respectivos aportes a la humanidad. Pero ninguna con este grado de armonía, de entrega por sus congéneres, de bravura en la búsqueda y defensa de sus intereses, de reflexión sobre el bienestar y el desarrollo. En aquel espacio geográfico hicieron vida los denominados pueblos íberos y los celtas, posteriormente llegaron los marinos fenicios, con intención de comerciar y conseguir recursos, Cádiz sería el resultado de ese primer contacto, de hecho, se señala que pudo haber sido fundada ochenta años después de la guerra de Troya. Más adelante los griegos también se establecieron, y el imperio cartaginés funda Cartago Nova, actual Cartagena, ciudad de la cuál saldría Aníbal en su viaje hacia Roma. Luego de la victoria de Roma sobre Cartago, aquella basta región pasaría a denominarse Hispania bajo el dominio de la República de Roma, alcanzando un nivel económico y político importante, debido a esto tres individuos alcanzaron entonces la dignidad imperial, Trajano, Adriano y Teodosio, hispanos, dos de ellos miembros de la Dinastía Antonina, y parte de los cinco emperadores buenos del Imperio Romano. Más adelante sufre invasiones de pueblos germanos, los visigodos se establecen en Hispania y eventualmente comienzan a ejercer el poder real sirviendo primero como reino vasallo de Roma y, con la caída del Imperio Romano de Occidente, logran hacerse soberanos, heredando las tradiciones del Imperio Romano, el derecho, su simbolismo y su fe. La iglesia católica logró convertir el reino visigodo al catolicismo, dotando a los reyes y a la política de principios que hasta entonces estaban ausentes. Los Visigodos perderían su hegemonía y su reino, debido a la invasión árabe, y solo una pequeña región al norte de la península ibérica logra frenar este avance, lentamente construirían las bases para la reconquista del territorio perdido por los visigodos. Los asturianos heredaron la simbología y el derecho visigodo, por ende, también el romano. Los asturianos al comienzo, y luego los demás reinos que heredaron o conquistaron el poder real de Hispania, todos ellos emparentados, terminaron por establecer una unidad única, un imperio conformado por reinos de un solo monarca, donde el sol nunca se ocultó. América sería la última gran labor de los hispanos peninsulares. Hago esta precisión porque es necesario aclarar, definitivamente, que los hispanos no son solos los nacidos en Europa, en la península, cuya ascendencia se pierde entre las diferentes razas y pueblos que le dieron forma antaño y que la conforman ahora. Hispano, pues, es también todo aquel nacido en la américa española. Al llegar a américa, los ibéricos fundan sin freno ciudades, se establecen y echan raíces en los diferentes paisajes tanto como alcanzan las empresas llevadas a cabo por hombres valientes y decididos, con una visión amplia, con una clara intención de generar sociedades a semejanza de las europeas. Se hizo. Y con grandeza se vivió por unos maravillosos tres siglos.

I.IX. Encontrar la evidencia, el rastro que dejó ese gran imperio en américa no es difícil. Tan solo en este continente la monarquía universal española fundó unas setecientas ciudades desde su llegada. Si vives en algún país hispanoamericano es muy probable que la ciudad en la que te encuentres haya sido fundada por algún español peninsular. Levantar ciudades era la obra de una unidad política generosa e integradora. A diferencia de los ingleses, franceses y holandeses cuyo objetivo era exprimir los asentamientos que establecían en cualquier parte del mundo, para dotar a sus capitales de mayor riqueza; los ibéricos pensaban en crear y fortalecer en igualdad de condiciones cada comunidad que se encontraba en su poder. Las ciudades de la américa española rivalizaron en belleza, esplendor y riqueza con las metrópolis europeas. El imperio español no era mezquino, todo cambio y modernización en la península ibérica debía verse reflejado en las indias occidentales, en américa. Para convencernos, hay que valorar la empresa que conlleva crear comunidades que trasciendan en el tiempo, entender la composición de las ciudades hispanoamericanas, hechas bajo el marco de diferentes modelos propuestos por conquistadores y reyes. Tres elementos principales constituyen a la ciudad en tiempos del imperio español: la Plaza Mayor o Plaza de Armas, la Catedral y el cabildo. Además de otro que surgiría por necesidad, las fortificaciones, fue este último un elemento esencial que serviría en la defensa ante ataques de piratas y corsarios, todos ellos ingleses, franceses y holandeses. No hay ciudad en américa que haya formado parte de la monarquía hispánica que no posea la totalidad de estos elementos. La ciudad tenía un eje que fungiría como el alma a un cuerpo, o el corazón a la circulación, eso era la Plaza Mayor, este lugar servía para instalar mercados, realizar solemnidades, ejecuciones civiles y era el centro de la comunidad, junto a ella se encontraba la Catedral, el cabildo, alguna guarnición y una penitenciaria. La plaza y la ciudad que se construye a partir de ella tienen entre sus fundamentos el campamento romano y, de nuevo, aparece Roma. Siempre al lado de la plaza mayor puedes encontrar la sede del gobierno local, o el cabildo. Sus funcionarios escogidos entre los vecinos, entre la élite de la ciudad, dirigían eficientemente todos los asuntos públicos locales. No era el rey sino el cabildo quien se ocupaba de garantizar la armonía y la ley en la ciudad. El cabildo es el antecesor de los actuales consejos municipales o de las mismas asambleas o congresos nacionales. Sin plaza, no hay ciudad hispana, pues a su al rededor estaban los órganos de gobierno, y sin ciudad no había catedral. Las catedrales eran el centro religioso de las ciudades, en ellas también existían espacios para educar, era la mayor expresión artística de la ciudad y dicho edificio representaba la causa común por el engrandecimiento, embellecimiento y un lugar de lo más sagrado que mantenía la unión y la fe de los ciudadanos. Una catedral determina el compromiso social y espiritual de los miembros de la ciudad para la preservación de su civilización y sus tradiciones. El patrón es evidente, ya sea en Buenos Aires, Lima, Montevideo y cualquiera de las grandes ciudades fundadas en la época, todas contienen lo anteriormente mencionado.

I.X. El aporte ibérico en Hispanoamérica no termina con la construcción de ciudades que hasta este día siguen en pie. Para sostener a largo plazo a las Indias, tanto en lo económico como en lo político y hasta en lo espiritual, se dispuso pocas décadas después de su descubrimiento y posterior asentamiento, de la creación de colegios y de universidades que dotaran de letrados al nuevo mundo. Desde el siglo XVI hasta la primera década del siglo XIX, se construyeron un total de veintiocho universidades y veintiún colegios. Se debe recordar el desarrollo histórico de las instituciones educativas, un asunto que nos lleva a Roma y sus escuelas municipales, extintas al caer el imperio romano de occidente, y posteriormente a la iglesia católica, garante de la fe y de los principios de la sociedad romana de entonces, la cual aseguró su longevidad estableciendo monasterios donde se impartió todo lo concerniente al magisterio, creando constantemente nuevas generaciones de sacerdotes que, más allá de leer, pudieran preservar el ethos de la mismísima fe y de la civilización romana. No conviene ser iletrado si vas a formar parte de la institución, y esto lo sabían las autoridades de entonces. En los monasterios Se aceptaban aquellos con intenciones de formar parte de la institución, y manteniendo un cariz solidario, o alguna conexión con la nobleza, a unos pocos que no poseían este objetivo. Conforme las ciudades crecen, y toda la población empieza a girar en torno a las catedrales, se dio paso a los estudios generales donde ya no solo se imparte teología, sino también medicina y filosofía, entre otros cursos. El interés de la población aumento y era razonable, aprender en estos recintos garantizaba un oficio, un puesto de trabajo, ya sea en el gobierno del reino o del sistema católico. Eventualmente las catedrales no se dieron abasto, y comenzaron a surgir colegios que orbitaban alrededor de estas, abaladas sus fundaciones tanto por reyes como por el papa, los colegios cumplieron un papel determinante en el mantenimiento de la fe y del buen gobierno de los reinos, pues sus estudiantes no tenían otro futuro que el sagrado objetivo de servir a su rey y a su Dios. Fueron algunos de estos colegios las piedras que terminaron cimentando las bases de las universidades. La universalidad de estudiantes y de colegios es algo que perdura, un legado de un incalculable valor. Muchas de estas instituciones fueron secuestradas por los movimientos segregacionistas del siglo XIX, cambiando sus principios y los cursos que impartían, adaptándolas a <<las nuevas realidades>> que forzosamente estaban construyendo las élites de comerciantes afrancesados y anglófilos. Las universidades en un principio estaban calificadas como reales y pontificias, con la autorización del Rey y la aprobación del Papa, lo que aseguraba que quien egresara habría adquirido conocimientos y valores que de una u otra forma tenían todo que ver con el servicio al reino y a la religión. Al caer en manos de los sublevados, fueron renombradas y se les cambió su condición, denominándolas desde entonces <<nacionales>>. Todavía en el siglo XXI están en funcionamiento una buena cantidad de ellas: La Real y Pontificia Universidad de San Marcos, en Lima, Perú, es la actual Universidad Nacional Mayor de San Marcos, así como la Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino, en Bogotá, Colombia, es la actual Universidad Santo Tomás de Colombia.

I.XI. Era la obra de gente culta, con metas trascendentes. Ciudades, fortificaciones, catedrales, universidades, autoridad local, descentralizada y desconcentrada. Los beneficios y derechos otorgados son incuestionables, y hay un par de estos que es preciso señalar. El primero de ellos está acompañado de un matiz cristiano, unas mil ciento noventa y seis instituciones asistenciales en Hispanoamérica y Filipinas fueron fundadas entre los siglos XV y XIX. Los hospitales tienen su origen, propiamente, desde la entrada del cristianismo como religión oficial del Imperio Romano, por la caridad que caracteriza a esta iglesia y por todos los principios que la constituyen. Los primeros recintos eran dirigidos por monjes, y eventualmente mujeres que terminarían tomando votos como las Hermanas Agustinas Hospitalarias del Hôtel-Dieu de París. Fueron las ordenes militares con sus hospitales durante las cruzadas, así como la constante búsqueda de redención de los laicos atendiendo a enfermos y pobres, y el compromiso de las autoridades religiosas con los principios cristianos los que permitieron el auge de los hospitales en toda Europa. Los Reyes, para entonces ungidos por la gracia de Dios, legislaron para favorecerlos y promoverlos. Es así como en Iberoamérica algunos Hospitales fueron fundados por conquistadores, gobernadores, y en su mayoría por órdenes religiosas con aprobación del rey. Los hospitales, por orden real, debían tener sus puertas abiertas para enfermos, viajeros y pobres, siendo financiados tanto por los diezmos como por la corona. Tal es el interés de los reyes en el nuevo mundo que establecen el protomedicato, el equivalente a un colegio de médicos y un tipo de órgano rector de todos los profesionales relacionados con la ciencia de la salud. Ahora, hay otro beneficio que los hispanoamericanos ignoran, porque desconocen su origen y porque podría resultarles algo de lo más irrelevante hacer una reflexión al respecto. En la actualidad suele haber un orgullo nacionalista respectos a platos típicos en los diversos países iberoamericanos, pero si se hace un listado de la mayoría de los ingredientes que componen las dietas en América basta buscar el origen de cada uno de estos para comprender que buena parte, sino la mayoría, los han traído del viejo mundo. El ganado vacuno, los cerdos y las ovejas llegaron a América en el segundo viaje de Cristóbal Colón en 1493, cuyo destino fue la isla de Santo Domingo, denominada por Colón La Española, y para el tercero llevó caballos, asnos, carneros, vacas, becerras, cabras, ovejas, gallinas, puercos, hortalizas, semillas de naranja, limones, melones y cidras. El aceite del árbol de olivo incluso fue traído por los ibéricos. Todos los derivados lácteos, los postres, los cortes de carne, todo cuanto compone hoy la dieta de un iberoamericano se consigue porque hace quinientos años los hispanos peninsulares lo trajeron, con intención de otorgar a estas tierras de lo que poseían en el viejo continente. De igual manera el maíz, un producto autóctono, así como otros más, fueron incluidos en la dieta de los peninsulares, porque, hasta ese punto la integración se presentó.